viernes, 13 de febrero de 2015

Dolor emocional

El temido dolor aparece cuando perdemos fisicamente a alguien que amamos, cuando nos deja la pareja con quien hemos convivido por un periodo variable de tiempo, cuando nos enojamos con alguien que nos importa, cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando las ilusiones o esperanzas se rompen, cuando... cuándo no importa, lo que importa es esta emoción que sentimos: el dolor.
Pareciera que sentir dolor es "malo", tal confirman las frases de "no llores, las lágrimas te impedirán ver el sol" o "las cosas pasan por algo", "dale vuelta a la hoja", "sé feliz y deja el pasado atrás" y muchas otras que seguro tú podrías aportar a la lista.
De modo que, cuando te enfrentas a una situación dolorosa, intentas ignorarla, procuras no llorar y seguir adelante tal como recomiendan todos esos felizólogos que andan por ahí y entonces, te despiertas pensando que está bien, vives pensando que estás bien y "sigues" con tu vida creyendo que estás bien.
Puede ser, pero el caso es que no lo estás. Por eso de pronto, sin motivo aparente, tienes ganas de llorar, deseos de salir corriendo sólo así, sin pensar, sin avisar; intensos anhelos de desaparecer (no morir, desaparecer), ansias locas de poder sacarte del pecho algo, quién sabe qué, pues ya sabemos que tú no sientes dolor, pero hay ahí dentro que no te deja ser tan feliz ni estar bien como quisieras.
¿Qué es lo que pasa? Sucede que, las heridas emocionales funcionan igual que una física.
Si te hicieras una herida de cinco centímetros en la pierna, seguro considerarías una estupidez seguir caminando fingiendo que no tienes nada, ignorando la sangre y esperando que con los días se cure sola, como por arte de magia. No creo que la taparías para no verla, que ignores el hedor a podrido y que no te preocupe si secreta pus.
¿Entonces porqué lo haces así con tu dolor emocional?
El dolor no es malo, sentir dolor físico hace que reacciones y alejes el brazo del fuego en la hornilla, que camines más lento si te golpeas la rodilla o que te sobes la cabeza y tengas más cuidado la próxima vez al subir a la combi.
¿Ves lo que digo? el dolor ayuda. Sí, te ayuda a evitar heridas más grandes, a aprender de un mal cálculo y a curar tu cuerpo en el caso de una herida abierta. No se trata de que, si te caíste al ir caminando y te raspaste no vuelvas a caminar, sino de que tengas más precaución la próxima vez.
Justo algo similar ocurre con el dolor emocional, si lo ignoras, no se irá va a seguir ahí sólo que en lugar de ser una herida abierta cicatrizando con tus cuidados, se convierte en una herida que secreta un raro hedor y escurre pus.
No importa qué te causa dolor: si te sientes mal, si un recuerdo te causa ganas de llorar, si necesitas perdón o ser perdonado, si perdiste a quien amas, llora, escribe, platica con alguien que te entienda, golpea a tu almohada, grita fuerte, ayuda a otras personas, no importa cómo pues cada quien siente diferente y sana distinto.
Lo importante es que te permitas sentir, que te ayudes a sanar.

viernes, 6 de febrero de 2015

Madre sólo hay una

Cuando somos madres, queremos la perfección, deseamos ser la mejor que ha estado en esta tierra y tener a los hijos modelo.
La cosa es que, en realidad, ninguna sabe lo que está haciendo y, afrontémoslo: somos madres basadas en el modelo de nuestra madre. Para bien o para mal, esas mujeres han marcado nuestra vida y a través de nosotras, marcarán también la de los hijos de nuestros hijos, amén. Tal como a ellas las marcaron sus madres alguna vez.
Hablo con muchas mujeres atormentadas por no poder llenar las expectativas que se han forjado, algunas son madres solteras que se sienten culpables de no tener tiempo para los hijos, otras están casadas pero se sienten culpables de ya no amar al esposo y por tanto, no dar a sus hijos el hogar que "deberían", otras simplemente, por el afán femenino de sentirse culpable, encuentran culpas incluso donde no las hay.
Sé que es un cliché pero muy cierto: nadie nos enseña a ser madres y enfrentamos esa labor sólo con lo que Dios nos da a entender que es bien poco por cierto, pero luego de diez años de ser madre de una sarcástica y muy madura niña y seis de laborar como madre de un dulce niño que más parece mi maestro, puedo darme cuenta de que lo mejor de ser madre es eso: puedes ser la madre que tú quieras.
Los niños son hermosos y amorosos, ya no recuerdan si les regañaste ayer o si cometiste un error la semana pasada, te aman con este dulce amor incondicional, entregado, que simplemente acepta.
Déjales a ellos decidir el tipo de madre que recordarán y deja de atormentarte a ti con tus imperfecciones, acéptate a través de sus ojos y ser madre será tan natural que la receta llegará a ti solita.
No permitas que la culpa, los miedos, tus rencores y ansiedades te separen de estos maravillosos seres que Dios y la vida te han prestado, ámales, guíalos y acéptalos como son, abrázalos mucho, besuquéalos mientras se dejen y luego aprende a abrir poco a poco las manos para dejarles volar a medida que sus incipientes alas comiencen a funcionar.
Es cierto que no hay recetas ni medidas, sólo intuición y una leve guía en las cosas que tu madre hizo por ti.
Así que no seas muy dura en juzgarla, acuérdate que ella sostuvo tu mano cuando no podías caminar, te alimento cuando no podías hacerlo y te amó antes de saber que te podía amar.
Perdona hoy a tu madre sus errores, seguro igual que tú hoy, ella no quería lastimarte, sólo no sabía qué hacer ni cómo hacerlo.
Ama a tu madre como la amabas de pequeña, no seas dura al juzgarla pues recuerda que "con la vara que midas, serás medida".
¿Qué tal si le llamas hoy? P
orque recuerda: Madre, sólo hay una